El Gran Reto de Occidente

Dice Ulises Granda en su libro El Árbol del Conocimiento: “La presente obra es una indagación de los automatismos mentales que explican el avance de la irracionalidad a partir del último tercio del siglo XX.” Efectivamente, el gran reto del Occidente contemporáneo es volver a la esencia y naturaleza de las cosas mismas, volver a recuperar la sólida realidad de la existencia, la sana objetividad de los asuntos de la vida; en definitiva, recuperar la racionalidad que el racionalismo a ultranza y el escepticismo generalizado contribuyeron a desterrar, no ya de los círculos académicos y las tertulias de pensadores, bohemios e intelectuales, sino del común mercado del mundo del ciudadano medio que sin percatarse ni interesarse por asuntos académicos ha absorbido esas formas de pensamiento como por osmosis a través de los medios de comunicación de masas.

Este ubicuo y omnímodo irracionalismo presente, ha sido postulado, pregonado y advertido por las más preclaras mentes de la intelectualidad europea desde hace ya más de un siglo. Actitud, que como ya he adelantado, ha pasado de ser un cúmulo de ideas debatidas en círculos académicos e intelectuales a permear todos los estratos de la vida y la sociedad actual. Esta tendencia, por supuesto, como todas las ideas nocivas, tiene siempre una raíz muy lógica y sutilmente razonable cuando se rastrea su devenir hasta llegar a su germen originario, como muy bien lo expone Ulises Granda en el libro mencionado.

Con lo cual esos conatos de irracionalidad se pueden rastrear y vislumbrar incluso desde la misma cuna del pensamiento occidental, que está, por supuesto, en Grecia. Pero ese torrente de irracionalismo del que se nutren las pseudo-ideas y comportamientos mayoritarios de nuestro mundo contemporáneo, tienen un origen más cercano, pues aunque parezca extraño proceden, entre otras fuentes, del idealismo europeo y del gran ímpetu racionalista que trajo la modernidad. Ímpetu y apasionamiento desde el cual se va paulatinamente desterrando a Dios del horizonte del mundo moderno. Proscripción que, quién lo iba a creer, no sólo destierra la fe en un ser supremo, sino que al mismo tiempo y quizá precisamente por eso mismo, va poco a poco propiciando la pérdida de perspectiva, desde la cual se esfuma, disipa y evapora la verdadera esencia y realidad de las cosas mismas.

El hombre y el mundo huérfanos de Dios, se van sutil e inesperadamente evanesciendo en nuestros tiempos modernos, en la vacua ilusión del subjetivismo por un lado y el relativismo por otro. Situación que ha llegado ya al punto de producir la más deplorable y desconcertante actitud de negación de la propia naturaleza, de todo aquello que humanizaba al hombre y lo dignificaba como persona, de todo lo que le diferenciaba de los simios y de la bestia.

Lo que el cubismo, el surrealismo, la filosofía existencial y tantos otros ismos de la época planteaban en sus inicios, como una contundente respuesta artística e imaginativa al nuevo paradigma alumbrado por el racionalismo y la modernidad; todas esas vagas, raudas e ilusionantes ideas estéticas, se convierten a mediados del siglo XX, con el auge propagandístico de los medios de comunicación de masas, en dogma de fe y praxis de toda una sociedad vaciada se su propia interioridad, sin entrañas de pasado, historia, sentido y significado. Una sociedad profundamente aturdida, y desorientada. Es el aciago momento en el que lo irracional, lo confusamente “misticoide”, lo psicodélico y lo ligera y vacuamente cientificista, que se había estado gestando en el corazón de la sociedad occidental durante algún tiempo, se convierte ilusoriamente en la única puerta de escape, la única tabla de salvación en medio de tan colosal naufragio.

Ya lo expresó vivamente un europeo que ante tal tesitura, rehusó tomar el camino del desquiciamiento. C. S. Lewis, después de pasar en su época de juventud, como la mayoría de  intelectuales de su tiempo, por un arrebato de marxismo, y haberse reencontrado con el cristianismo exclamó con gran convicción: “Creo en Dios como creo en el sol, no sólo porque puedo verlo, sino porque a través de él puedo ver mejor todas las demás cosas.” Y por terminar con otro de esos intelectuales que no se sometieron a tan abrumador torrente de irracionalidad, decía G. K. Chesterton que el problema no era que el hombre occidental había dejado de creer en Dios, sino que había perdido la razón.

Sí, el subjetivismo con su soberbio ímpetu nihilista, escamotea la realidad. Con lo cual acontece algo sorprendente e inesperado, pero real en el devenir histórico de la sociedad occidental, y que valdría la pena no pasar desapercibido: cuando el ser supremo es erradicado del horizonte de la vida, con él se esfuman también el sentido común, la ley natural y la realidad de  las cosas mismas.

Pero como si todo esto fuera poco, esta situación abona el terreno y precipita de manera automática, el fin, no de La Comedia Humana sino de lo que mucho más certeramente se podría llamar La Tragedia Humana. Pues el siguiente paso en este devenir histórico es la entronización del hombre sin escrúpulos ni ningún tipo de consideración por leyes, valores ni normas, de un malhadado ser de ego desmesurado y ambiciones desbocadas como el único e incontestable amo y señor del mundo. Ejemplos tales hemos tenido en Julio César, Robespiere, Hitler y tantos otros. Tal estado de cosas, aunque parezca inaudito y desconcertante, no debería sorprendernos de ninguna manera, pues todos estos amos y señores del mundo, han llegado a la cumbre del poder aupados por el voto o la clara y deliberada decisión de una mayoría democrática.

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