Fanatismo Laico.

Cuando Kant proclamara la liberación de la razón del tutelaje de la religión, y Voltaire esgrimiera sus más afilados dardos retóricos contra la religión, y Diderot lanzara su consigna de que “el hombre sólo sería libre cuando el último rey hubiese sido ahorcado con las tripas del último sacerdote”; y Marx proclamara que la religión es el opio del pueblo. Cuando todos estos grandes intelectuales unánimemente proclaman su abierto rechazo y oposición a la religión cristiana, de lo que no parecen percatarse es que su ímpetu apasionado, tiene también el cariz del más encendido y enfervorizado fanatismo religioso.

Pero la otra cosa que obviamente no podían prever estos adalides de la libertad, es el grado de fanatismo con el que muchos de sus seguidores, adoptarían y establecerían las nuevas religiones laicas que en los albores del siglo XX se empiezan a establecer por casi todo el mundo, llevando a cabo y produciendo los más asoladores y aterradores genocidios jamás llevados a cabo por ninguna religión.

Hechos y actos de los cuales aún nos quedan débiles, acobardados y pusilánimes coletazos en las inanes mentes y negros corazones de los militantes de la nueva izquierda, los neocomunistas, pseudo-socialistas y toda la caterva de ideologías nacidas al fragor del cambio de paradigma que se ha llevado a cabo en la sociedad occidental en los últimos años. Personas y personajes cuyo fanatismo, como sucede en todos los demás casos en los que abiertamente se manifiesta esta peligrosa actitud religiosa, ofusca su entendimiento y anula todo uso del sentido común y de la razón.

Con lo cual, sin necesidad de muchas luces ni de tener que devanarse mucho los sesos, se puede fácilmente entender lo acontecido con el terrible esparcimiento del letal bicho del coranavirus. Sí, porque una de las razones para la rápida propagación de la enfermedad, y digo una, no la única, pero que es muy importante; ha sido la manifestación del más acérrimo y rancio fanatismo que ha llevado a muchos de los políticos y algunos miembros de los medios de comunicación de masas a permitir, animar y propiciar la realización de manifestaciones de millares de personas, aún a sabiendas del peligro de contagio de tal enfermedad. Incitación llevada a cabo de manera irreflexiva y temeraria por miembros del gobierno, con la inestimable ayuda de alguna periodista, en arengas lanzadas a la ciudadanía a través de los medios televisivos. Actitud atroz e irresponsable que, como en las más terribles guerras políticas e ideológicas antes referidas, va dejando ya un reguero de millares de muertos sobre esta vetusta, y ya muchas veces asolada, piel de toro.

Por supuesto que no quiere decir que estos egocéntricos, megalómanos, obnubilados y fanáticos politicastros, hayan sido los únicos responsables de todas estas muertes y el desastre económico y social que este bicho desolador va a dejar como estela, una vez esta situación haya sido superada. Pero está claro y es obvio al que lo quiera contemplar que han jugado un papel muy importante, y deberían, por tanto, asumir responsabilidades.

Pero estos personajes, hijos de su propio tiempo que ha aceptado y asumido el hecho de estar viviendo en una época de inanición intelectual, degradación moral y pérdida de valores absolutos, a no ser que sean los de la imposición a ultranza de la propia opinión. Estos personajes, digo, gestados en este caldo de cultivo, no pueden ni tienen la capacidad para poder evaluar sus acciones a la luz de postulados éticos y morales. Con lo cual, tampoco se puede esperar de ellos esa noble actitud de reconocer los errores y estar dispuestos a asumir tales responsabilidades. Situación ante la que en otros tiempos, quedaba siempre al ciudadano la esperanza de que los encargados de ejercer e implementar el cumplimiento de la ley, llevarían a cabo su función haciendo que situaciones como estas no quedasen impunes.

Pero, como todos sabemos, en los tiempos que corren y por las razones aludidas, esto no va a suceder. Más cuando tomamos en cuenta el despotismo de los mencionados politicastros; que si de estadistas no tienen ni el más mínimo vestigio, sí poseen el absoluto sentimiento de los megalómanos ignorantes. Personajes que sin escrúpulos ni remordimientos se apropian, en plena democracia y echando mano del mismo poder legislativo, de todos los estamentos del Estado. Y esto con el fin de poder nombrar monigotes y marionetas, que gustosamente bailan al son que se les mande y ordene en cada momento determinado.

Con lo cual, sólo nos queda, por lo menos al ciudadano de a pie como el que esto escribe, y que además es creyente, la única opción que me da el evangelio; muy a pesar de mis propias intenciones, opiniones y sentimientos. Opción que por mucho que cueste, no es otra que la de expresar amor, perdón y misericordia. Sí porque como bien lo expresara el salmista David, “engañoso es el corazón más que todas las cosas”, y según la enseñanza evangélica: “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”; y parafraseando a otro creyente de altos vuelos como fue C. S. Lewis: no hay peor persona que la que no reconoce su propia maldad, ni mejor que la que sabe que su corazón es malo. Perdonar, sí, y pedir e implorar la misericordia de Dios. Esta es la única y posible opción que le queda al cristiano, además de tener que señalar el mal cuando este es obvio. Pues es lo que parece quedar diáfanamente claro a la luz de la Escritura y la enseñanza evangélica. Advertir, perdonar, ser ejemplo, o como lo pone el evangelio, ser luz y pedir, esta es nuestra misión. Pedir porque Dios en su misericordia tenga compasión de nosotros y pueda a través de su inefable amor, producir en el corazón de esta vetusta y algunas veces desangrada piel de toro, ese tan cristiano y olvidado espíritu de fe, contrición, humildad y arrepentimiento. Espíritu que tanto necesitamos y tanto bien pudiera propiciarnos en estos aciagos y nublados momentos.

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