El ciclo del arte

Ars vitalis

Un Esbozo de Manifiesto

Si observamos con algo de perspectiva el quehacer artístico del hombre, y dirigimos nuestra mirada hacia la época prehistórica, donde afortunadamente el arte ha dejado su huella indeleble como fiel testimonio del arduo esfuerzo humano en busca de expresión, mimesis y sentido; nuestra espontánea y natural reacción es de asombro y admiración.

Y esto es así sencillamente, porque muy pronto descubrimos que el hombre primitivo va buscando de manera rudimentaria y casi angustiosa y desesperada, la manera de poder dar expresión y forma artística, a su vida práctica, emocional, afectiva y espiritual. Y continuando nuestro periplo, observamos cada vez con más nitidez y claridad la profunda admiración que el hombre primitivo siente ante la contemplación del mundo que le rodea, y cómo va aflorando en él ese deseo de poder dar plasmación, de aprehender y copiar la maravillosa obra de arte desplegada en la creación. Descubrimos, a medida que aligeramos el paso en este apasionante devenir histórico, que tras infinitos tanteos, esfuerzos y sacrificios, van apareciendo ante nuestros ojos en acelerada sucesión, cautivantes imágenes que requieren nuestra atención. Pinturas rupestres, monumentos megalíticos, bellas cerámicas de delicada decoración, pagodas, templos sumerios, arte y arquitectura persa, pirámides, edificios y monumentos egipcios, así hasta que por fin, perplejos e intrigados, arribamos a la Periferia Ática, lugar donde deslumbrante nos espera la Acrópolis de Atenas; feliz testimonio de la máxima eclosión de la cultura griega. Hecho éste que podemos describir mejor recurriendo a las palabras de Plutarco, que teniendo el privilegio de contemplar lo que quedaba de esta maravilla del ingenio humano, unos quinientos años después de su construcción, exclama: “Estas obras parecían antiguas por su deslumbrante belleza en el momento de su realización, y en la actualidad parecen recientes y nuevas por su fuerza. Brilla en ellas un lustre que las conserva intactas aún con el paso del tiempo, como si albergasen un aliento siempre florido y un espíritu exento de vejez”.

Efectivamente, es este un periodo deslumbrante porque es el momento en que el artista descubre, entiende y adquiere posesión del hecho sencillo y revelador de atenerse a los mismos cauces de la vida en su quehacer estético. Descubre que, en lo relacionado con el arte, “el hombre es la medida de todas las cosas”, y la naturaleza el maravilloso libro en el cual tiene que aprender. Se topan, tanto el artista como el pensador y el matemático del periodo clásico griego, con que observando la naturaleza podían deducir las leyes que la conformaban y constituían; y lo que es aún más deslumbrante, que dichas leyes aplicadas a su quehacer cotidiano en los diferentes campos de la técnica, la ciencia y la creatividad les proporcionaban extraordinarios resultados.

Con lo cual, asuntos como los números, la medida, las proporciones matemáticas, la aplicación de la proporción áurea, se convierten en herramientas de trabajo igual que el buril, el cincel, el martillo, el óleo o el pincel. Desde entonces las proporciones del cuerpo humano se empiezan a aplicar al modelado y la construcción de la obra de arte, la perspectiva se abre camino en el lienzo así como en la arquitectura y la escultura, se codifican los primeros tratados

de estética y se obtienen preciadas fórmulas para la producción y creación de las más deslumbrantes y maravillosas obras de arte que jamás el ingenio humano haya podido imaginar. Obras ante las cuales, como hemos visto en las palabras de Plutarco, generaciones venideras se extasiarán y contemplaran estupefactas.

Ahora, al verificar este hecho en el contexto del desarrollo histórico del arte en Occidente; resulta sorprendente que en la transición de la modernidad a la época contemporánea este aspecto evidente se empiece a olvidar. Con lo cual llegamos a una situación aún más insólita, y es que si en la época clásica griega así como en esa maravillosa eclosión de esplendor artístico que significo el Renacimiento, si en estos dos hitos culminantes de la cultura occidental, el arte en su quehacer y devenir se guió y se ciñó a los cauces de la vida; ya con el advenimiento definitivo de la modernidad y más concretamente con el poderosos influjo de las vanguardias artísticas, se empieza a constatar y verificar que el arte, quizá por fuerza de la repetición, empieza a querer desligarse de los cauces vitales. Hecho que por fin, con la llegada de las ideologías en el siglo XIX y el posterior establecimiento de la estética del postmodernismo, da surgimiento a un nuevo artista; aquel que decidida y deliberadamente se propone llevar a cabo su empresa creadora yendo, no sólo a contracorriente de los cauces de la vida, sino queriendo destruir el legado del pasado y reinventar el arte y la manera de llevar a cabo la labor creadora. Basta sólo con echar un vistazo a los diferentes manifiestos vanguardistas que su pusieron en boga con la llegada de estos nuevos movimientos artísticos. El Futurista publicado por Tommaso Marinetti en 1909; con consignas como: “Abandonemos la sabiduría como ganga inútil  y perjudicial! … Los elementos capitales de nuestra poesía, serán el coraje, la audacia y la rebelión… Queremos demoler los museos, las bibliotecas, combatir el moralismo, el feminismo y todas las cobardías oportunistas y utilitarias”. O el Dadaísta publicado en 1918 por Tristan Tzara, en el que hay frases como: “Toda forma de asco susceptible de convertirse en negación de la familia es Dadá; la protesta a puñetazos de todo el ser entregado a una acción destructiva es Dadá; la abolición de la lógica… la abolición de toda jerarquía y de toda ecuación social de valores establecida… la abolición de la memoria: Dadá.

Probablemente sea ésta una de las razones por las cuales desde el comienzo mismo de los movimientos de vanguardia, las nuevas tendencias y manifestaciones artísticas adquieran una fuerte y pesada carga de primitivismo. Con lo cual se puede decir, no sin un profundo sentimiento de tristeza y añoranza; y sin quitar lo que de valioso pudiera tener ese deseo renovador y la actitud crítica de estos movimientos, que si oteamos el panorama desde el promontorio que nos proporciona el inicio de este nuevo siglo, inmediatamente nos percatamos de haber completado un ciclo y vuelto a donde estábamos en los tiempos más remotos, oscuros, bárbaros y rudimentarios de la época prehistórica. ¿Quién nos librará de esta bárbara invasión, de la imposición a ultranza de la vulgaridad, la idiotez y la irracionalidad, pertrechos con los cuales nos hemos adentrado con  soberbia, ímpetu y contundencia en este ignoto siglo XXI?

¿Hay aún lugar para la esperanza ante tan desoladora situación? La realidad es que no parece tarea fácil tener que enfrentarse al actual estado de cosas. De hecho, da la impresión de que estamos atravesando por un momento aciago en el cual el arte, como siempre, es sólo una especie de termómetro que mide y revela el grado de decadencia a que ha llegado la sociedad. Infausto momento desde el que pareciera imposible poder vislumbrar una luz en el horizonte. Pero, por otro lado, si continuamos con la idea del periplo retrospectivo y acercamos nuestra mirada a una época más próxima a la nuestra, la de la Ilustración y más concretamente al periodo de la Revolución Francesa; nos topamos allí con la génesis de muchas situaciones que precisamente desembocan en el inicio de este confuso y desorientado siglo nuestro. Y si a la manera de Dante en la Divina Comedia aprovechamos la tesitura para elegir “guía, jefe y maestro”; quizá pudiera éste iluminar nuestra senda para avanzar por este tortuoso y colosal mare magnum en el que en nuestro postmoderno mundo nos encontramos. Alguien que habiéndose cultivado en el maravilloso mundo griego de la antigüedad, tenía sus pies bien firmes en ese más cercano y trillado siglo de luces y sombras en el que le tocó vivir. Hombre que no puede ser otro que Johann Friedrich von Schiller poeta, dramaturgo, filosofo e historiador que entre muchas otras obras escribió Cartas para la Educación Estética del Hombre , libro en el cual expone algunas ideas sobre este asunto que bien pudieran proporcionar algo de luz y claridad sobre el lugar que le corresponden al arte y a la cultura en medio de una situación de crisis y desorientación.

En un primer momento Schiller se entusiasma con las ideas revolucionarias pero poco tiempo después, al observar los resultados prácticos y lo acontecido en el periodo llamado del Reinado del Terror en Francia, queda completamente decepcionado. Estas son algunas de sus palabras: “Nuestra época marcha extraviada y se ha vuelto presa, por un lado, de la barbarie y, por otro, del enervamiento y la depravación… Y luego continúa: “Lo útil es el gran ídolo de la época, al que deben someterse todas las fuerzas y tributar homenaje todos los talentos. Sobre esta balanza tosca, el mérito espiritual del arte no tiene peso alguno y, privado de todo aliento, desaparece del ruidoso mercado de la época”…. Y continúa diciendo: “El espíritu revolucionario de la Ilustración no ha advertido que el problema político está subordinado al estético, porque hay un problema crucial que debe ser planteado antes que el del ciudadano, conviene a saber, el del hombre, como persona.” Y ahí terminan las citas. Con lo cual su diagnóstico es que el europeo de su época esta escindido, fragmentado y poco capacitado para poder llegar a conclusiones medianamente acertadas y beneficiosas.

Efectivamente, pero aun en medio de esta situación de desorientación y fragmentación parece brillar un rayo de luz y abrirse un camino de esperanza. Por lo menos en lo que concierne a la contribución que el arte y la cultura pueden hacer a la aclaración de este estado de confusión. En palabras del propio Schiller: “La educación estética es la necesidad más apremiante de nuestro tiempo, no sólo porque hace más asequible una comprensión mejor de la verdad, sino porque también promueve el mejoramiento de la inteligencia misma. … hay que tomar el camino que pasa por lo estético, porque es por la belleza por donde uno va hacia la libertad”. Y continúa diciendo: “La de la Revolución Francesa no es una libertad auténtica, porque es sólo política, sin haber llegado a ser todavía una libertad estética.  …Toda mejora en la esfera de lo político debe partir del ennoblecimiento del carácter pero ¿cómo puede éste ennoblecerse bajo los influjos de una constitución política bárbara? Habría que buscar pues, para tal fin, un instrumento que el Estado no proporciona, y alumbrar para ello manantiales que se conserven límpidos y puros por grande que fuere la corrupción política. Y aquel instrumento no es otro que el arte bello y estos manantiales brotan en sus modelos inmortales”. Y aquí terminan las citas.

He aquí la contribución y el lugar que le corresponden al arte y a la belleza en medio de una situación de crisis y degradación de la cultura. No puede el arte erigirse en el salvador de una sociedad, por supuesto que no; pero sí tiene una labor muy importante que cumplir si no quiere sucumbir de la misma manera que el resto de las instituciones e instancias de esa sociedad en decadencia. Y esto es simplemente así, porque el arte es una de las más eminentes verdades, precisamente porque jamás ha pretendido serlo. Para comprobar esto de manera rápida y sencilla,  basta con observar un bello atardecer, y reparar en cómo segundo tras segundo va este maravilloso despliegue de esplendor con sus arreboles, matices, sombras y colores desapareciendo del horizonte hasta quedar sólo, como inefable fruición, en la memoria y el recuerdo del que lo contempla. El arte se concibe a sí mismo nada más que como una bella ilusión, o como lo define el mismo Schiller, un juego, con lo cual jamás ha pretendido suplantar a la verdad. Por tanto, asumiendo que es ésta una de las características de lo bello, tenemos que si el arte no puede suplantar a la verdad, tampoco puede hacerlo con la religión, ni mucho menos erigirse en salvador de la humanidad, como han pretendido algunos movimientos artísticos, dotando al artista con un halo de profeta o sacerdote de la cultura.

Pero al mismo tiempo que es importante dejar claro lo que acabamos de mencionar, este mismo hecho nos capacita para poder afirmar con claridad y contundencia, que el arte y la belleza pueden y deben, y quizá sea esta su mayor contribución al desarrollo y progreso de la humanidad, iluminar el camino por el que debe andar el hombre en busca de la verdad. En las reveladoras palabras de Cennino Cennini en su Libro del Arte, en los albores del Renacimiento: “Para el arduo trabajo del arte hay que estar dotados de imaginación (fantasía), y destreza en las manos, para descubrir las cosas nunca vistas y escondidas bajo el oscuro manto de los objetos naturales, y poder evocarlas y plasmarlas con las manos y brindar así al ojo que contempla lo que antes ni siquiera parecía que existía”. Como también sabemos, los griegos con el descubrimiento de la portentosa triada de verdad, bondad y belleza, sabían muy bien que la experiencia de lo bello y de lo sublime, con todo lo placentero, extático y fascinante que pueda llegar a ser, no se acababa en la contemplación del objeto físico, pues la satisfacción que éste promete y otorga es también pasajera como todo lo demás en el mundo. Dejando, por tanto, ese regusto, ese aroma, ese anhelo, por aprehender lo eterno en el corazón humano, el objeto bello siempre apunta hacia lo que está más allá de sí mismo. C. S. Lewis lo dijo en palabras magistrales: “La belleza es el aroma de una flor que aún no hemos encontrado”.

Sí, hay una labor fundamental y poderosa que puede y debe cumplir el arte en la tesitura en la que nos encontramos. Pero es, como bien lo ha esbozado Schiller, una labor educativa de formación del espíritu. Labor que empieza por la lección ejemplar que debe dar el artista por un lado y el pedagogo por otro, con su valiente y personal militancia.  Esta es la exhortación que Schiller hace a los dos: “Vive con tu siglo, pero no seas su hechura; ofrece a tus contemporáneos lo que precisan, más no lo que aplauden”.

Nos queda, en medio de este mundo apático, confuso e insensible a los asuntos del espíritu, una esperanza que se puede trasmitir a través del arte, tanto en el ámbito educativo como en el de la creación artística. Nos toca a todos aquellos que aún albergamos un vestigio de sensibilidad y amor por la vida, lo bello, lo sensato y verdaderamente humano, militar en las filas de la moral, la estética y el arte. Nos corresponde la ingente labor de tener que desandar el camino y volver a encontrar el natural hontanar de la vida que vigoroso bulle aún bajo los escombros de esta decadente sociedad. Nos queda proclamar como Longino en su libro Sobre lo Sublime que: “la naturaleza no ha creado al hombre como un ser bajo y vil;… para lo cual hizo brotar en nuestra alma un anhelo sin par por todo lo grande y por todo lo divino”.

Ortega y Gasset proponía en su filosofía una “razón vital”, nosotros proponemos como movimiento un “Ars Vitalis”, un arte vital, que vuelva a entroncar y enraizarse en los cimientos de la vida; que redirija su nave y retome esa vuelta a la verdadera naturaleza de las cosas. Sí, efectivamente, el Romanticismo con la mayoría de movimientos vanguardistas que vinieron después, tenían un cariz fuertemente crítico contra la rigidez de unas normas aplicadas con superficial fidelidad a la autoridad de los antiguos, y negaba al artista el uso de la imaginación y su genuina espontaneidad. Tampoco se equivocaban al hacer el certero diagnostico de la falsedad y la hipocresía de una sociedad que se había hecho vana, superficial, y estúpida, y que había llegado a convertir el arte en mero entretenimiento, decoración y evasión de los verdaderos asuntos de la vida. Y lo más terrible de todo, una sociedad que había llegado a la más deplorable de las barbaries en 1914 al dedicarse al exterminio en masa de sus propios semejantes en la Primera Guerra Mundial. Parafraseando a A. Solzenitzen: “Una sociedad que se entregó a un arrebato de automutilación, debido a un eclipse mental de los líderes de Europa, propiciado por la pérdida de su convicción de que por encima de ellos existía un poder supremo.”

Pero este genuino impulso renovador de las vanguardias artísticas se convierte en nefasto, al no tener en cuenta que no es que Aristóteles y todos los tratadistas clásicos, hayan impuesto unas normas arbitrarias para la escritura de una buena tragedia o la elaboración de una bella obra de arte. Estos pensadores y tratadistas se percataron de que ya que la aplicación de tales normas producía buenos y asombrosos resultados, lo más lógico y conveniente era convertirlas en normativas. El grave error de la Edad Media y el Clasicismo ha sido creer que esas normas había que aplicarlas a pies juntillas simplemente porque la autoridad de Aristóteles y los Antiguos lo habían determinado así. Había que apuntar y recordar que antes de Aristóteles habían existido no sólo Homero sino Esquilo, Sófocles y Eurípides.

Por tanto, ante tal estado de cosas, y puesto que ya todo o casi todo se ha deconstruido, denostado y abolido, volvamos a construir, aunque no a la manera del clasicismo  superficial, decorativo y meramente evasivo de los ociosos salones parisinos de antaño. Ni volviendo de manera rígida y arbitraria a la imposición de reglas y normas. Pues fue, como hemos visto, tras el arduo quehacer, en el natural fluir de la labor creadora y el libre uso de la imaginación, que poco a poco fueron aflorando las normas y leyes que naturalmente aplicadas por artistas y artesanos, para su propio asombro y estupefacción, hacían de la obra en cuestión una maravillosa creación. Hay también  que reparar en que no es que la Ilustración con su ímpetu racionalista hubiera proscrito de los lienzos, las tablas, las esculturas, los edificios y los museos, a las huestes de ángeles cristianos, a los santos, las cruces, las Madonas y a Dios mismo, sino que en su empeño desterró la espiritualidad del continente europeo y con ello desencantó el mundo. Pues lo privó de todo lo trascendental y sobrenatural, sí del Dios del cristianismo, pero también de los dioses y diosas griegos y romanos, de las ninfas, los faunos, los dragones, los gnomos, las náyades y los tritones. En definitiva, del uso de la imaginación y la fe que es contra lo que luchan y se oponen todas las vanguardias artísticas. Con razón proclamó Kandinsky a comienzos del siglo XX: “Debemos destruir la vida racionalista y sin alma del siglo XIX; y edificar la vida del alma y el espíritu del siglo XX.” Cosa que a pesar de que ya han transcurrido más de cien años desde esta noble consigna, y el ímpetu renovador de esos movimientos artísticos, aún no ha acontecido.

Retomemos, por tanto, esa labor de formación del espíritu, de guía para iluminar el camino que le corresponden al arte y a la acción creadora. Contribuyamos con la noble y delicada labor de las Musas a reencontrar el mundo, y a redescubrir al hombre, despersonalizado y perdido en la maraña de las nuevas ideologías surgidas al amparo de la modernidad. Armémonos de valor y encaminados por las bellas sendas del arte y la imaginación, proporcionemos un foro de recogimiento, reflexión y debate, donde de manera razonada, sosegada y respetuosa, podamos informarnos, aprender y dialogar sobre temas relacionados con el arte, la literatura, la cultura, la sociedad y la vida humana en general. Desenterremos de los escombros el alma y el espíritu escamoteados y desaparecidos del horizonte occidental, resucitemos las Humanidades. Y hagamos todo esto con el amor y el entusiasmo que antaño se atribuía a los buscadores de la verdad; pues incentivar el amor por la belleza, a su contemplación, su búsqueda y se quehacer, es también animar al conocimiento de la verdad; y afinando un poco, al amor por la filosofía, que como la misma palabra lo expresa no es más que el amor a la verdad. Es curioso que en el fondo mismo de la filosofía haya estado siempre presente el amor, el entusiasmo que hacía de acicate, de incentivo para lanzar al hombre en busca de la verdadera realidad y sentido las cosas, de la vida y de la existencia. “Una vida sin examen no merece ser vivida”, es la máxima atribuida a Sócrates y a los filósofos de la antigüedad. Recuperar no sólo la máxima sino el espíritu de ella, ese genuino anhelo por querer no limitarse al mero devenir hedonista y materialista de la existencia como la condición natural de la vida humana, es efectivamente nuestra insignia. En palabras del escritor Carlos García Gual: ”La filosofía nace de ese profundo e ineludible anhelo de trascendencia que habita en lo más recóndito del alma humana, y que hace del hombre el ser contradictorio que es, anclado en tierra y dispuesto al cielo”

Así que aunque seamos pocos y pírrica parezca la empresa, avancemos firmes y guiemos también a otros en esta apremiante tarea de recobrar el espíritu, y volver a las fuentes naturales de la vida, de toda la vida. Sí, porque a pesar de todo lo que se intente y se diga en estos tiempos aciagos, el hombre no es un homo consumericus, ni un simple cúmulo de átomos, ni una mera bestia superior en el reino animal, ni mucho menos, una maquina sofisticada susceptible de todo tipo de manipulaciones; cosas en la que se le ha pretendido convertir en los últimos años. No, el ser humano es una persona con necesidades y características físicas, afectivas, intelectuales, racionales, creativas, emocionales y, por supuesto, espirituales. Volvamos, por tanto, al Ars Vitalis.

 

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