¿Progreso científico y tecnológico?

No deja de ser curioso, por no decir desconcertante, que al echar una ligera mirada retrospectiva se observa con claridad que tanto los medios de comunicación de masas como los más avanzados progresos científicos tecnológicos se afianzan y consolidan definitivamente en la sociedad occidental, en el preciso momento en el que ésta empieza a entrar en el más acérrimo e impetuoso proceso de degradación intelectual, espiritual y moral.

Efectivamente, tal como clara y contundentemente lo atisbaron algunos prohombres europeos de la época de entreguerras, Spengler, Pannwitz, Huizinga, Ortega, entre otros; tanto los movimientos artísticos de vanguardia, el auge de la nueva visión irracional del mundocomo el estallido de los conflictos bélicos en 1914 y 1917 marcan el sancionamiento definitivo del nuevo paradigma que se había estado gestando durante años en la mente occidental.

En las esclarecedoras palabras de Johan Huizinga en 1935 en su libro Entre las Sombras del Mañana, «Vivimos en un mundo enloquecido… A nadie se le escapa que, huido el espíritu, la locura estallase de repente en frenesí, dejando embrutecida y mentecata a esta pobre humanidad europea, bajo el ondear de sus banderas y el zumbido de sus motores». Efectivamente, en este estado de inanición espiritual el hombre europeo, subido ya al raudo bólido de la ciencia y propulsado por el soberbio combustible del progreso, avanza impetuosamente hacia el futuro llegando casi a alcanzar, metafóricamente hablando, la velocidad misma de la luz.

Ante tan abrumadora situación, aún para aquellas lúcidas y privilegiadas mentes que tan certeramente habían llevado a cabo el diagnóstico de la enfermedad, no parecía vislumbrarse ninguna esperanza de salvación en el horizonte. ¿Es que acaso podría alguien, a estas alturas, atreverse a frenar a tan raudo y desbocado bólido?

Volviendo por tanto al asombro expresado al comienzo de esta reflexión, parece bastante claro que ante tan vertiginoso devenir, esas herramientas mencionadas, la técnica, la ciencia y los medios de comunicación de masas, aparecen como formidables y portentosos medios a través de los cuales esparcir, sobre este bello y delicado planeta azul, un denso y oscuro manto de tinieblas que las masas deslumbradas y obnubiladas no parecen ya poder percibir.

Nos queda ante esta situación la respuesta que Huizinga diera a sus lectores en la publicación del libro antes mencionado: «Es posible que algunos de mis lectores me llamen pesimista. He aquí mi única réplica: soy optimista.» Mirar la realidad con objetividad no quiere decir aceptar su negativa condición, se puede también, como otra insigne observadora de los tiempos, María Zambrano, albergar la esperanza de que aunque el enfermo esté agonizando aún no está muerto y por tanto puede llegar a reanimarse.  Y si aún tuviésemos el valor para atrevernos, en estos aciagos tiempos en los que lo divino se ha desterrado de esta bárbara y sofisticada Europa, si tuviésemos el valor, digo, de seguir el ejemplo de aquellos movimientos renovadores de antaño, que al percatarse de la profunda crisis por la que atravesaban, decidieron volver la mirada al pasado en busca de respuestas para su angustiosa situación presente; entonces probablemente resonaría a nuestros oídos, entre otras muchas, aquellas reconfortantes palabras del evangelio: » Y conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres.»

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